18 nov. 2010

Jota Jota


Al técnico de River se le dio el regreso soñado el día menos pensado. Nadie lo merecía como él
Nadie lo merecía como el Negro Jota Jota. Puede parecer un lugar común, pero en todo caso, si lo es, tiene un fundamento atrás que lo sostiene con la fuerza bruta del sentimiento. Hincha de River de nacimiento, pero hincha de verdad, no de chamuyo, el Negro se bancó comer banco de suplentes en las inferiores mientras viajaba tres horas de ida y tres de vuelta desde Guernica para triunfar en el club al que su viejo Sócrates le enseñó a querer. Y que él logró transmitir con idéntica pasión a sus hijos, Juan y Cala, socios y habituales concurrentes al Monumental.
Un tipo que lleva pintada la camiseta en la piel, que fue el técnico adentro de la cancha del más gallina de todos en la historia (Angelito Labruna, ¿quién si no?), que jugó más de 450 partidos durante 11 años con la Banda en el pecho, que fue el cerebro de un equipo que marcó a fuego la historia del club, que lloró al tener que irse por la ventana porque había que renovar y limpiar a los soldados de Labruna en 1981, no podía tener las puertas cerradas en Núñez a pesar de haber cometido la tontera, por despecho, de ponerse un año la camiseta de Boca. Más de una vez en la última década, cuando el entrenador de turno de River estaba en riesgo de salir despedido y se comenzaba a enumerar la lista de postulantes para reemplazarlo, a la hora de nombrar a Jota Jota, siempre surgía la misma frase desde los medios de prensa, alimentada –por supuesto- por los dichos en off de los dirigentes: “Le juega en contra haber jugado en Boca”.
El día menos pensado, Jota Jota volvió a River convocado por su ex compañeros Daniel Passarella, para comandar un proyecto en el fútbol amateur. Además de sumar a Héctor Pitarch –ex colaborador del Kaiser- también incorporó al Pato Fillol y a Pedro González, otros dos baluartes del equipo que cambió la historia. No fue casual: el presidente de River apostó todo al 75, a la mística del 75.
Tampoco hay que ser muy lúcido para razonar que por la mente del Kaiser pasó el siguiente cuadro de situación: al Negrito lo pongo en inferiores, le reabro la puerta del club y si se me complica con el técnico de Primera, lo tengo a mano, porque lo conozco y sé cómo piensa. Jota Jota no es un clásico interino sino un entrenador con experiencia comprobada, aunque le tocó casi siempre dirigir en equipos chicos. Una tarde, el Negrito ingresó por una puerta de costado, sin hacer ruido. Se la abrió su amigo Passarella. Y el día jamás pensado, y cuando seguramente debe haber creído que ya no se le iba a dar nunca más la posibilidad, Jota Jota se sentó en el banco de suplentes para dirigir el superclásico. Se puso la muñequera blanca que utilizaba con Angelito y seguramente se encomendó a su espíritu. Se le dio. El 1-0 cerró el círculo.
Y ahora ya no se conforma: si suma tres triunfos de los cinco partidos que quedan, por dar un rendimiento que hoy River firmaría con los ojos cerrados para completar los 30 puntos anhelados al comienzo del campeonato, si además se sigue observando la misma actitud arrolladora en sus jugadores, si conserva la lucidez para tomar decisiones acertadísimas como las que tomó en apenas una semana (defender con tres centrales, Lamela de enganche, Acevedo de doble cinco, Pereyra por izquierda y no por derecha; pelota parada en pies de Lamela y Acevedo y no de Ortega, que al fin de cuenta de un corner del pibe vino el gol de Maidana), bueno, decíamos que si el equipo comienza a soltarse y juega a la altura de los futbolistas que lo integran, el Negrito Jota Jota será el entrenador de River el próximo año. Nadie lo merece como él. Cada tanto, el fútbol y la justicia se hacen un guiño y sonríen.

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